REVISTA DE POR ACÁ

Con el objetivo de mostrar la cultura regional en todos sus aspectos, apareció en su segunda época en 2007, en formato electrónico.

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lunes, 6 de agosto de 2007

La mano siempre extendida

Por Carlos Alberto Gutiérrez Aguilar

Fue a principios de 1989 cuando vi por primera vez a Sergio Haro Cordero... para variar, reporteando y tomando fotos. Había acudido al centro de la ciudad, al mitin de presentación del proyecto de creación del PRD. Y ahí, mientras escuchaba a un orador tras otro, observando el rostro imperturbable de Cuauhtémoc Cárdenas, llamó mi atención un fotógrafo de cabellos largos, que se acercaba cuidadosamente al excandidato presidencial, cámara en mano y haciendo juegos malabares para no caerse de la tarima.

¡Qué extraña manera de tomar fotos!, pensé; tan fácil que sería colocarse bajo el personaje, o desde la lejanía captar una gráfica de conjunto. En fin.

Meses después, acompañando al reportero Carlos Lima —del diario Novedades de Baja California— para atestiguar un incidente en una casilla electoral ubicada por la colonia Pro-Hogar, nos encontramos con Haro y su compañero Miguel Cervantes, del semanario Zeta —ya los identificaba yo, como su lector semanario—. Cuando nos retirábamos del lugar, una señora preguntó a Sergio: “¿Usted es del Zeta?”. “Más o menos”, le contestó él. No recuerdo lo demás, pero sí conservo la imagen de un reportero modesto que no alardeaba de la posición que ya ocupaba en el medio periodístico local.

En los dos o tres años siguientes, vi pocas veces a Sergio Haro. Me parece que fue nuestra amiga Celina García —al igual que yo entonces, reportera de La Crónica— quien nos presentó; pero siempre me inhibía ante su rostro duro y mirada inquisidora, aunque crecía en mí el respeto hacia su trabajo.

Mis recelos, sin embargo, paulatinamente dieron paso a una relación de confianza. Acostumbrado a que otros periodistas —con años de carrera, estrellas en su medio informativo, de trato cotidiano con los más importantes políticos locales— guardaban para mí una actitud desdeñosa, o al menos indulgente ante mi novatez, me agradaba sentir en Haro a un compañero, a un maestro dispuesto a compartir sus conocimientos y experiencia, y sobre todo a un amigo de consejo presto y mano siempre extendida. Por su actitud franca descubrí que tras su aparente hosquedad brilla un corazón noble y abierto, un espíritu de risa fácil y carcajada carrillera, y arraigadas convicciones de compromiso social.

Llegamos a compartir esfuerzos, durante poco más de año y medio, en el semanario Siete Días, que afortunadamente quedó bajo su dirección. Fueron meses de observar de cerca su pasión por el periodismo, su meticulosidad y agudeza en la investigación, su honda preocupación por el devenir de la sociedad; pero, sobre todo, fue un tiempo en que el amigo permaneció ahí, comprensivo ante los errores y las flaquezas, pero también exigente del despliegue óptimo de las capacidades. Y con la mano siempre extendida.

Hoy lo veo otra vez desde fuera. Platicamos poco, cada vez que nos lo permiten nuestras propias actividades, pero seguimos siendo compañeros de ideales. Me ha preocupado enterarme de las amenazas de que está siendo objeto. Y es que en Baja California ya no necesitamos otro mártir del periodismo; requerimos, sí, que Sergio Haro continúe su esfuerzo cotidiano, y que su ejemplo se multiplique en las nuevas generaciones de periodistas, comprometidos con la verdad.

Sus amigos y compañeros —ahora con nuestra mano extendida— queremos que siga aquí.